58
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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58 Yo puedo reaccionar a las balas, carcelera
Aquella noche en el orfanato, la profesora Carolynn recordó muchas cosas de la infancia de León.
Rebecca escuchaba encantada.
Porque si uno analizaba la proporción de “historial negro” de una persona, la mayor parte siempre se concentraba en la infancia, antes de los cinco años.
Lo que ella sabía sobre el historial vergonzoso de León eran apenas anécdotas de su época escolar.
Cosas como “no sabía nadar” o “la senpai de pelo plateado” y así… nada importante.
Pero esta vez, gracias a los recuerdos de la profesora Carolynn, había conseguido un buen puñado de información comprometedora.
¡Y todo eso se lo iba a contar a la cuñada cuando la viera!
Ya era de noche cuando León, Rebecca y Martin se despidieron de la profesora y de la hermana Sharon, y salieron del orfanato.
No había mucha gente por la calle. Caminaban por el centro de la calzada, y las farolas a ambos lados estiraban sus sombras larguísimas sobre el suelo.
—Oye, no me esperaba que tu infancia fuera tan ridícula, jefe —comentó Rebecca, triunfante.
Lo decía a propósito. Quiere vengarse.
Porque León se había reído muy fuerte cuando ese niño la llamó “tía”.
¡El karma, señores!
Pero en lugar de verse afectado, León se mantenía muy tranquilo.
De hecho, cuando Carolynn estaba contando sus anécdotas de pequeño, tampoco había puesto muchas caras.
Rebecca se extrañó.
En su momento pensó que el jefe se había quedado en blanco, sin saber qué decir.
Pero ahora… ¿por qué seguía tan indiferente?
—Qué raro. ¿Cómo es que estás tan tranquilo? —preguntó.
León caminaba con las manos en los bolsillos, con esa calma habitual.
—¿Ah? ¿Qué pasa?
—¿Cómo que qué pasa? ¡Pienso contarle a tu esposa todo tu historial, incluso que de niño te ponías el calzón al revés!
León se rascó la nariz.
—¿Y?
Rebecca parpadeó, desconcertada.
—¿Y no te da miedo que use eso para torturarte?
Entonces, León se detuvo de pronto.
Rebecca y Martin también frenaron.
La chica lo miró con ilusión, creyendo que por fin iba a ponerse nervioso.
Pero en cambio, León respondió aún más tranquilo:
—Ya estoy acostumbrado.
Rebecca: ¿?
—¿A-acostumbrado…? ¿A ese tipo de cosas?
León inhaló lentamente, y exhaló igual de despacio. Luego levantó la cabeza hacia el cielo estrellado y dijo con voz profunda:
—Llevo seis años casado. No solo he usado calzones al revés… también he pasado días sin usarlos, y créeme, Roswitha no piensa que eso sea raro.
—…Yo siempre pensé que tu vida conyugal era dulce y romántica, jefe. Pero ahora que lo dices así… suena tan… desvergonzado.
Rebecca solía juzgar a la gente por la apariencia.
Con lo guapa y elegante que era su cuñada, más la seriedad del jefe, se imaginaba que su vida de casados debía ser súper armoniosa y afectuosa.
Pero por lo visto, no era así…
Entonces… ¿cómo era su vida juntos?
¡Le moría la curiosidad!
—Jefe, ¿cuándo me invitas a tu casa con tu esposa unos días? Me puedo hacer pasar por su hija adoptiva, así no despierto sospechas con tus hijitas dragón.
León soltó una risita y negó con la cabeza.
—Ideas tienes de sobra, ¿eh? ¿Tu hija adoptiva? ¡Yo tengo veintiséis, tú veinticinco! ¿Cómo te voy a adoptar?
—¿Y qué tiene?
—¡Tiene todo que ver!
Quien interrumpió fue Martin, que alzó un dedo con gesto serio y le explicó:
—En el Imperio, para que un hombre adopte a una mujer, debe haber una diferencia de edad mínima de cuarenta años. Es decir, el jefe tendría que tener sesenta y seis para poder adoptarte.
Pausa.
Y añadió con rigor:
—Y para tu información, el señor Tiger apenas pasa de los cincuenta.
—¡Gracias por nada, Martin! —gritó Rebecca, y se le colgó del cuello.
Pero como era más baja, la escena parecía más bien un peluche verde tamaño XL que se le había subido encima.
Martin, por su parte, no se resistió, y se dejaron llevar en medio de risas y juegos.
León los observaba desde un lado, con una sonrisa que se le escapó sin querer.
Después de todo lo que había pasado… era raro, y precioso, seguir teniendo a esos dos viejos compañeros cerca.
Pensando eso, se les unió.
Los agarró uno a cada lado y se los subió sobre los hombros.
—¿Qué haces, jefe?
—¡Obvio! No soporto ver cómo abusas del pobre Martin —dijo.
—¿Abuso? ¿Por esto ya se considera bullying? Ay, pobre mi Martin tan delicado~
—¿No será que tú eres demasiado violenta?
—¡Tú cállate! ¡Croac!
Aunque no podían seguir “peleando” físicamente, aún les quedaba la pelea verbal.
—¡Listos, que voy a correr! —anunció León, inclinándose un poco.
—¿Correr? ¿A dónde?
Y de pronto, ambos notaron que el suelo empezaba a temblar.
Los hombros de León, firmes como rocas, les rebotaban contra el estómago.
¡Había salido corriendo como si llevara dos costales!
El cabello de Rebecca se agitaba tanto que a veces le pegaba en la cara a Martin.
—¡¿Quién demonios fue el idiota que inventó al jefe?! —gritó Rebecca al cielo.
Martin también soltó una queja:
—Siento que aún no hemos descubierto ni el cinco por ciento del potencial del jefe… ¡Siempre sale con cosas que no nos imaginamos!
—Y pensar que va a quedarse en el Imperio un tiempo más…
Rebecca alzó la cabeza con esfuerzo, mirando al cielo nocturno.
—¡Cuñadaaaa~! ¿Cuándo vienes a recoger a tu maridoooo~?
…
El “entrenamiento técnico” de los nuevos taumaturgos de percepción iba bastante bien.
No pasaron ni quince días antes de que dominaran por completo la técnica para detectar la energía de las escamas.
León los mandó en grupos, a hacer una búsqueda exhaustiva de los restos del Imperio que alguna vez se injertaron escamas protectoras.
Porque estaba convencido: Foer no era más que la punta del iceberg de ese proyecto de inmortalidad. Ya era solo un peón sacrificado.
Pero había otros. Gente que sí conocía la verdad detrás del antiguo rey.
Y si los encontraba, podría seguir la pista, tirar del hilo y descubrir al misterioso “Señor Sombra”.
Mientras tanto, León tampoco se quedaba de brazos cruzados.
Comenzó oficialmente su entrenamiento en “Ultrasentido”.
—¡Uoh! ¡Jefe, otra vez estás desbloqueando nueva habilidad!
Desde los tiempos del escuadrón de cazadragones, el jefe solía encerrarse varios días, investigando técnicas raras… y siempre salía con alguna sorpresa.
Aunque a veces también la cagaba y salía una gran decepción.
—Esta vez no es una habilidad que yo haya desarrollado.
León explicó:
—Es…
…la que me regaló la hermanastra mayor de mi maestro.
¿Decía eso?
¡Nah, qué flojera explicar todo eso!
—Es una técnica que me dio un veterano.
—Ohhh, ya veo. ¿Y qué hace esta técnica?
León le contó a Rebecca el funcionamiento del “Ultrasentido”.
Al oírlo, la chica parpadeó.
—¡Eso suena a memoria muscular pro max!
León rió.
—Yo también pensé que solo era una versión mejorada de la memoria muscular. Pero no es lo mismo. La memoria muscular solo se activa en ciertas condiciones, y no se adapta al momento. Solo responde con un patrón fijo.
—Por ejemplo, si alguien me lanza un puñetazo mientras me mete una rodilla, y yo solo veo el puñetazo… entonces reacciono a eso, pero no noto la rodilla.
—Si dependo solo de la memoria muscular, esquivo el puño, pero no la rodilla.
—Pero el Ultrasentido elimina esa desventaja. Mi cuerpo reacciona solo, de forma automática, con la respuesta más adecuada en ese instante.
Rebecca lo escuchó atentamente, luego asintió.
Pausa.
La pequeña loca agitó la mano y dijo:
—Suena complicado. Paso.
—Tranquila, no está pensado para artilleras. Yo quiero que me ayudes a entrenarlo.
—¿Y cómo te ayudo?
—¿Trajiste las balas de goma?
Rebecca asintió, y sacó de su mochila varias cajas de munición y una pistola.
—Traje de sobra. Hagas lo que hagas, alcanzan.
—También ajusté la pistola como me pediste. Mantiene la velocidad, pero baja la potencia del disparo.
Cargando las balas en el cargador, preguntó:
—Entonces, jefe… ¿no me digas que quieres que te dispare para entrenar?
—¡Tachán~! ¡Adivinaste!
Al oírlo, Rebecca puso una cara melancólica.
—¿Así que de verdad era eso…?
León se quedó extrañado.
Pensó que era por el respeto entre compañeros, que le costaba la idea de dispararle a un amigo.
Y trató de consolarla.
—No pasa nada, Rebecca. Es solo práctica, las balas no matan, y tú misma bajaste la potencia. Así que puedes—
—¿Ah? No, no, jefe, no es por eso.
—¿Entonces?
La carita suave de Rebecca mostró de nuevo su sonrisa psicópata habitual.
¡CLAC!
Bala en la recámara.
—¡Llevo esperando este día desde hace mucho!
¡Sabía que no podía tratarte como una chica normal, maldita loca!
¿Y nuestra amistad?
¿Y el compañerismo?
¿Y el profundo vínculo emocional?
¡¿Cómo puedes decirme “llevo mucho esperando esto” así de fría?!
…
Mientras lanzaba maldiciones en su cabeza, León también sonrió con resignación.
—Está bien. Vamos.
Ambos se separaron, tomando distancia.
En medio del campo de entrenamiento, se miraban como en un duelo del Viejo Oeste.
—¿Listo, jefe? Aunque las balas de goma no matan, duelen bastante.
—¡No importa!
León alzó la mano con confianza.
—¡Yo puedo… reaccionar a las balas!
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