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A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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71 Bienvenido a casa
La brisa soplaba suavemente, fresca y clara.
Noa despertó poco a poco y, al abrir los ojos, descubrió que estaba flotando entre las nubes, bajo el cielo azul.
Sentía una espalda fuerte y cálida detrás de ella. Al girarse un poco, vio que era su papá.
Él estaba sentado con las piernas cruzadas, y ella había dormido todo el camino acurrucada en su regazo, tranquila y en paz.
Miró hacia abajo: era el lomo de Leviatán, el dragón gigante.
Ya con algo de fuerzas, Noa susurró:
—Papá…
Mientras hablaba, intentó sentarse sola, pero su cuerpo aún no se recuperaba del todo y no tenía energía suficiente. Intentó un poco, pero se rindió y volvió a apoyarse obedientemente contra el pecho de León.
León le revolvió el cabello con cariño y le dijo con voz suave:
—Despertaste, Noa.
—Mmm… ¿Se resolvió todo, papá?
—Claro que sí. ¡Cuando tu papá entra en acción, no hay problema que no pueda resolver!
La pequeña princesa, con la cara aún cansada, esbozó una sonrisa.
—Sí… papá es el mejor.
Hizo una pausa y luego preguntó:
—¿Y Helena?
—Ella no quedó tan afectada como tú. Solo se asustó un poco. En mitad del camino, volvió al instituto con los demás alumnos. La señorita Claudia irá a verla más tarde.
—Qué bien…
—Aunque…
—¿Qué pasa, papá?
León bajó la mirada y le explicó:
—Tal vez esta evaluación se cancele del todo.
—¿Eh? ¿Por qué?
—El que las atacó a ti y a Helena fue el Rey Dragón del Martillo, Adam. Hirió a los supervisores del instituto, masacró a muchos monstruos del Bosque de Luna Sombría, y lo más grave: intentó matar a dos estudiantes. Por lo que dijeron el director Olett y el subdirector Wilson, es probable que repitan toda la evaluación.
Noa parpadeó, algo confundida, pero asintió.
—Bueno, entonces no fue tiempo perdido. De todos modos, ni Helena ni yo pudimos vencer a ningún monstruo. Mis puntos siguen en cero.
—¡¿Mi hija, con cero puntos?! ¡Increíble! —se rió León.
Noa giró los ojos y le contestó seria:
—Y tú, papá, tan poderoso desde chiquito… y de grande terminaste bien mandilón con mamá.
—…¿Quién te enseñó esa palabra?
—Lucecita.
—Ah, bueno. Entonces no hay problema.
Esa niña de pelo rosado nunca enseña nada bueno. Solo cosas que destruyen mi dignidad de padre respetable… Cuando llegue a casa, le voy a dar unas buenas nalgadas.
Muy lejos de ahí, en medio de su clase, Lucecita estornudó de repente.
Moon, que estaba sentada a su lado, le preguntó en voz baja:
—¿Estás resfriada?
Lucecita se frotó la nariz.
—No creo… más bien siento que alguien está hablando mal de mí a mis espaldas.
…
En algún momento, Noa se volvió a quedar dormida.
Su cuerpo estaba tan débil que ni siquiera se dio cuenta cuándo fue.
La siguiente vez que abrió los ojos, reconoció el paisaje de abajo: estaban ya cerca del Territorio del Dragón Plateado.
Estaban llegando a casa.
—Hace dos meses que no regreso, papá…
Eso ya lo había mencionado Roswitha en una carta que le escribió a León. Noa llevaba tiempo entrenando para el examen de ascenso del instituto, y por eso se quedaba cada fin de semana a practicar. No tenía tiempo para volver a casa.
León pensó por un momento. Creía que su hija aún no sabía que iba a tener una nueva hermanita o hermanito, así que le dijo:
—Cuando lleguemos, mamá te va a dar una sorpresa.
—¿Una sorpresa?
Noa pensó un momento y respondió:
—Ah, ¿dices lo de que mamá está embarazada otra vez?
León se quedó mudo.
—¿Cómo lo supiste?
—Mamá me lo contó en la carta de la semana pasada. No me lo dijo antes porque no quería que me distrajera y fallara en el examen, así que me lo contó justo el último día.
Esta madre dragona sí que piensa en todo.
Y ahora que lo pensaba, León también llevaba meses sin ver a Roswitha.
No era la vez que más tiempo habían estado separados.
En una línea temporal del futuro, él pasó seis meses lejos. Pero esa vez, tenía a su hija ya mayor a su lado, y aunque Roswitha estaba atrapada dentro de un cristal, al menos podía verla todos los días.
Pero ahora… solo se escribían cartas.
Fue entonces cuando el general León comprendió lo que duele el amor a distancia.
Así que, ahora que por fin estaba por volver a casa, no podía evitar sentirse emocionado.
Llevaban tanto sin verse… ¿habría estado ella bien?
Haciendo cálculos, ya llevaba fuera más de cuatro meses. Y justo en ese tiempo, Roswitha quedó embarazada.
Cuatro meses… justo cuando ya se empieza a notar la pancita.
León había planeado este regreso para que coincidiera justo con esa etapa.
A partir de ahí, la barriga crece rápido, y aunque ella fuera una Reina Dragón, moverse se volvería complicado. Necesitaba alguien de confianza a su lado.
Las sirvientas eran responsables, sí, pero nunca sería lo mismo que tener a su esposo con ella.
Así que León, que claramente era un gran esposo, había decidido regresar justo ahora.
Je, un esposo tan considerado como yo ya no se encuentra. ¡Voy a hacer que esa pequeña dragona se derrita de amor cuando me vea!
Pensaba, todo orgulloso.
—Papá…
La voz de Noa lo sacó de sus pensamientos.
—¿Sí?
—Quiero preguntarte algo.
—Claro, dime.
Noa entrecerró los ojos, mirando a lo lejos el contorno del Santuario del Dragón Plateado.
Se mordió un poco el labio, el viento le movía los mechones plateados que caían sobre sus mejillas. Su rostro sin expresión mostraba una mezcla de duda y vacilación.
Tardó un poco en hablar otra vez:
—Quería preguntarte si tú…
Pero no terminó la frase.
Bajó la cabeza.
—¿Si yo qué…? —León la miró.
Pero Noa no respondió.
Al mirar hacia abajo, León solo vio que… se había vuelto a dormir.
—¿Otra vez dormida? ¡Ya casi llegamos, bebé!
Sonriendo, se quitó su chaqueta y la cubrió con cuidado, apretándola un poco más contra su pecho para que no se enfriara.
Noa, al final, no fue capaz de decir en voz alta esa pregunta que llevaba años guardada.
Su mente estaba llena de dudas, y no encontró el momento.
Quizás otro día…
Y mientras tanto, fingir que dormía era un truco tonto pero útil.
Se quedó así, apoyada en el pecho de ese hombre que era su papá, disfrutando de la calidez de su hogar.
…
Leviatán descendió lentamente sobre el Santuario del Dragón Plateado. Una columna de luz de transporte apareció en tierra firme.
León, cargando a Noa en brazos, descendió dentro de esa luz.
Las sirvientas salieron a recibirlo. Los guardias, al verlo después de tanto tiempo, lo saludaban con entusiasmo.
Y él, claro, respondía uno por uno.
Cuando llegaron al pie de las escaleras que llevaban a la entrada del santuario, León levantó la vista.
Y la vio.
Detrás de las sirvientas, una figura alta y hermosa bajaba las escaleras.
Su largo cabello plateado se movía con el viento, como una cinta brillante hecha de estrellas.
La luz del sol iluminaba su vestido largo, suelto y sencillo, dándole un aire de muñeca de porcelana delicada.
No llevaba maquillaje, por el embarazo. Pero aun así, entre todas las mujeres presentes, Roswitha brillaba con una belleza imposible de ignorar.
Ya no era esa reina de aura dominante que imponía con su sola presencia.
Su belleza se había vuelto suave. Tenía esa calidez de mujer casada, de madre.
Y sin importar los cambios, para León, Roswitha seguía siendo igual de hermosa que cuando se enamoró de ella.
Desde la base y la cima de las escaleras, sus miradas se cruzaron.
Ojos negros y plateados se reflejaban el uno en el otro.
En todos estos años, se habían mirado así muchas veces.
Y siempre… les costaba mirar hacia otro lado.
—He vuelto, Roswitha.
—Bienvenido a casa, León.