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A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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72 Qué raro… escucharé un poco más (Capítulo extra)
El mensajero dragón del Instituto Saint His llegó al Santuario del Dragón Plateado varias horas antes que Leviatán y ya le había contado a Roswitha todo lo que pasó durante la evaluación.
Por eso, a León le fue mucho más fácil explicarse.
Una vez que terminaron de hablar, no se quedaron mucho tiempo en la entrada.
Al llegar a la habitación de las hermanas, León colocó con cuidado a Noa sobre la cama grande. Todavía llevaba su chaqueta encima, y él no se la quitó.
Luego arrimó una silla y ayudó a Roswitha a sentarse.
Tal como lo había supuesto, ya en el cuarto mes de embarazo, su vientre empezaba a notarse. Aunque llevaba un vestido largo y suelto, el bultito era visible si uno se fijaba.
Roswitha notó la mirada de León y sonrió mientras se acariciaba el abdomen:
—En el segundo mes después de que te fuiste, empecé con las náuseas. Si hacemos cuentas, este pequeñín nacerá dentro de medio año.
—Eso… suena bastante bien.
León se sentó junto a la cama. Mientras hablaba, frotaba las palmas de sus manos una y otra vez, visiblemente incómodo.
Tenía la cabeza gacha, sin levantar la vista. Desde que entró a la habitación, ni una sola vez había mirado a Roswitha a los ojos.
Y ella, claro, lo notó enseguida.
Después de meses separados, él estaba algo cohibido.
Quizás por la culpa de haberla dejado sola tanto tiempo… o porque, ahora que se acababa su “relación a distancia”, este tonto sin experiencia amorosa que se casó sin pasar por el noviazgo no sabía bien cómo actuar.
Roswitha sonrió y estiró la mano. Su palma tibia y suave se posó sobre la mano grande de León.
Apenas lo tocó, sintió cómo gran parte de su tensión se disipaba.
A veces, cuando los amantes no saben cómo romper el silencio tras una larga separación, un simple contacto físico basta para romper el hielo.
Eso lo había leído en una novela. Era su primera vez poniéndolo en práctica.
Y para su sorpresa… ¡funcionó bastante bien!
—Te extrañé mucho, León —dijo con ternura, mirándolo con profundidad.
—Yo también… te extrañé.
Roswitha soltó una pequeña risa.
—Claro que sé que me extrañaste, pero no era eso lo que quería decir.
—¿Entonces…?
—Quiero decirte que no conviertas mi amor en una carga. No pienses que por no estar a mi lado estos meses me fallaste o fuiste injusto conmigo.
Volvió a tomarle las manos, cubriéndolas con las suyas. Acarició con suavidad los nudillos, sintiendo las cicatrices y callos que tanto le transmitían seguridad.
—Mi cariño debe ser la fuerza que te haga seguir peleando, seguir avanzando.
—Quiero que, cuando te sientas perdido, agotado, sin ánimos de seguir… solo con pensar en mí, recobres la energía para levantarte otra vez.
—Si es así… entonces yo también puedo…
Movió el brazo y, con la punta de los dedos, le acarició el dorso de la mano hasta llegar a su mejilla, donde se detuvo.
—…puedo seguir amándote sin miedo. ¿Lo entiendes?
Siempre que León quedaba atrapado en sus enredos emocionales o pensamientos innecesarios, Roswitha encontraba la forma de sacarlo.
La razón era sencilla: lo conocía demasiado bien. Incluso mejor de lo que se conocía a sí misma.
Y como siempre, logró deshacer el nudo en su corazón.
La expresión tensa de León se relajó, y por fin sonrió.
—Está bien. Lo entiendo.
—Bien por ti.
—¡Sí, señora!
—Esta noche hablamos de la cuenta pendiente.
León: ¿?
—¿Cuenta pendiente… de qué?
—Llevas mucho tiempo fuera. Como mínimo, me toca hacerte una buena escena de celos.
—…
Ella lo dijo con una seriedad tal que parecía que eso era un protocolo obligatorio del reencuentro, como entregar tareas.
Y como buena adicta al trabajo, Roswitha siempre se tomaba los procesos en serio.
Vaya con esta mujer…
Hace un segundo era la esposa comprensiva, y ahora ya mostraba su verdadera cara.
¿Cómo se llama eso?
¡Primero mima y luego ataca!
La reina tenía talento para eso.
Disfrutando de cómo el “perro marido” pasaba del paraíso conyugal al infierno de los celos, Roswitha estaba encantada.
Y aún así, decidió dar el golpe final:
—Y no creas que será una escena tranquila, ¿eh? Me voy a desquitar con ganas~
Yo debí irme con el viejo Konstantin a pasar unos días con el dragón rojo…, pensó León, resignado.
—¿Y tú no dices nada? ¿Te quedaste mudo? ¿Dónde están tus bromas?
Roswitha le dio un leve golpecito en la rodilla con la pierna.
León volvió en sí:
—¿Era coqueteo? Yo ya me estaba despidiendo de este mundo. Pensé que era mi sentencia de muerte.
Ella lo miró divertida.
—¿Así que ahora vienes a desquitarte conmigo?
—¿No es que a Su Majestad le encanta discutir conmigo?
—¿Y qué si me encanta? Estoy embarazada. ¿Ya olvidaste qué posición tenías cuando esperaba a Lucecita?
¡Oh, no, no me lo recuerdes…!
Los recuerdos traumáticos lo invadieron. León casi se desmaya en ese instante.
—Anda, dilo: ¿qué rol tenías en casa?
—¿Podemos no hablar de eso…?
—No. Quiero que lo digas. Quiero escucharlo.
—¿No que ibas a esperar hasta la noche para pelear? ¡Aún es de tarde!
—¿Y desde cuándo la “pelea sin motivo” tiene horario?
—¡Tiene sentido, Su Majestad! ¡Y yo no tengo cómo refutarlo!
—¿Cómo? ¡¿Y encima querías refutarme?!
—…
—¡Ya no me amas!
—¡No es eso!
—¡Ya no te importo!
—¡No es lo que quise decir!
—¡Voy a hacer mi escenita!
—¡Mujer dragón, tú…!
En medio del pleito de pareja, una voz repentina los interrumpió desde la cama:
—¡¡Adam, te voy a matar!!
Los dos se sobresaltaron.
—¿Noa? ¿Tuviste una pesadilla?
—¿Estás bien, Noa? No asustes a mamá…
La chica se había incorporado de golpe con ese grito, pero sus ojos seguían cerrados. Murmuraba sin parar:
—Adam… te atreviste a asustar a Helena… te voy a matar…
Y luego:
—Papá… tu vieja técnica de rayo era lenta y floja… Mira la mía…
Y entonces…
¡PUM!
Cayó de espaldas otra vez. KO.
Noa: × ? ×
—Vaya, ¿sí que fue una pesadilla?
León, preocupado, le tomó la muñeca para revisar el pulso y los latidos. Poco a poco, se fueron estabilizando.
Sí, era solo una pesadilla.
Ambos respiraron aliviados.
Pero justo cuando dejaron de mirarla, Noa abrió disimuladamente un ojo.
—Hmph… Si no intervenía, mi papá iba a morir bajo el poder de mamá. ¡Menos mal que actué a tiempo!
¡La número uno del Territorio Plateado todavía sigue asistiendo!
Cerró el ojo de nuevo, satisfecha. Con esto, ya no debería hacer falta que vuelva a meterme, ¿no?
Y la pareja volvió a su calma habitual.
—¿En qué estábamos? —preguntó Roswitha, lista para reanudar la batalla.
—No me acuerdo…
—Tonto.
León claro que se acordaba.
¿Pero iba a decirlo?
¡Jamás!
Años de vida conyugal lo habían enseñado bien: cuando una Reina Dragón entra en modo “molestar por diversión”, hay que quedarse callado o te acaban el alma.
Y por suerte, Roswitha tampoco siguió insistiendo.
La verdad era que todo ese numerito, ya fuera en modo esposa comprensiva o esposa celosa, había tenido un solo objetivo:
Hacer que León se relajara.
Y como ya lo había logrado…
Era hora de pasar a lo importante.
Miró a León, cruzó las piernas con elegancia y le hizo un gesto con el dedo.
—Ven aquí.
—¿Qué pasa?
—Mi querido príncipe debe de estar exhausto del viaje, ¿no? Yo solo quería… humedecerte un poco los labios.
Mientras tanto, Noa, que seguía fingiendo estar dormida, escuchó el siguiente diálogo:
—Estamos en la habitación de nuestra hija… ¿no está mal?
—¿Y qué tiene de malo? Hmm~ entonces ven, y cuando volvamos a nuestro cuarto, yo misma me encargaré de atenderte como se debe, querido príncipe~
Después, escuchó:
…sonido de levantarse.
…sonido de abrazos.
…sonido de pasos hacia la puerta.
Y también…
…un sonido indescriptible.
Uno que Noa solo había escuchado cuando Moon comía gelatina.
La reina del drama frunció el ceño. Esto no me huele bien…
—¿Hmm…? Qué raro…
—¡Escucharé un poco más!