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A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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73 Si no hay nada que hacer… a besarse
Roswitha se acurrucó sobre el cuerpo de León, besándole los labios con la punta, como si estuviera saboreando un manjar exquisito, mordisquito a mordisquito.
No tenía prisa por fundirse en un beso apasionado con él. Solo quería disfrutar con calma de estas horas preciosas del reencuentro.
Toda la añoranza que acumuló durante estos meses se había transformado en el contacto físico de este momento. Y no pensaba dejar que terminara tan rápido.
Como estaba embarazada, León no la había presionado contra él, sino que la dejó recostarse sobre su pecho.
Así, el aroma corporal de Roswitha envolvía a León por completo, densa y dulcemente.
Él inhaló profundamente. Había algo en ese olor… un toque nuevo, más intenso, propio del embarazo.
Más fuerte. Más embriagador.
Al notar que León estaba oliéndola, Roswitha sonrió, levantó la mano y le pellizcó la nariz.
—¿Mi olor te gusta?
—Me encanta.
León, por una vez, no se puso duro ni esquivo. Respondió con sinceridad.
—Hmph, ¿y todavía no te hartas de olerme todos los días?
—¿Cómo me voy a hartar? Nunca sería suficiente.
Esa respuesta hizo feliz a la dragona. Tanto, que la punta de su larga cola se alzó sin que ella se diera cuenta.
Así son las mujeres, después de todo. Incluso la Reina Plateada no podía resistirse a una buena dosis de palabras dulces durante un momento de romance.
Y León no estaba mintiendo.
Esas frases cursis que a veces ni parecen sinceras… sí que tienen efecto. Pueden hacer feliz a una chica por horas.
Antes, León no era muy fan —ni muy hábil— con eso de decir cosas bonitas para coquetear.
Porque él pensaba que una mujer como Roswitha, tan independiente y fuerte, no caería en esas cursilerías.
Pero el tiempo demostró que no importa lo poderosa o seria que sea una mujer: si le dices algo que le llegue al corazón, va a reaccionar como una gatita buscando caricias.
Claro, eso solo funciona si el hombre en cuestión tiene algo que realmente la atraiga, como León.
Si no… lo más probable es que te acusen de acoso.
—Mmm~ —ella dejó escapar un leve gemido, moviendo su cadera con suavidad.
Frotó su vientre contra el cuerpo de León y, al mismo tiempo, sus largas y seductoras piernas empezaron a moverse, como dos serpientes juguetonas, rozándole los costados.
El roce de piel contra piel hacía un suave sonido susurrante.
Era obvio que la reina estaba intentando provocarlo. Solo faltaba ver cuánto aguantaba ese perro.
—¿Te gusta?
Roswitha le lanzó la pregunta justo cuando estaba empujando el límite del juego.
Para León, la respuesta era obvia: claro que sí.
Pero no era tan simple como antes, cuando solo le preguntó si le gustaba su aroma.
Eso era fácil. Roswitha huele bien, y punto. Incluso si ella no quisiera, su aroma seguiría estando allí.
Pero “¿te gusta?” en este contexto… podía tener muchos significados.
¿Te gusta que te esté provocando así?
¿Te gusto yo?
¿Te gustaría que vaya aún más allá?
Y si León respondía con sinceridad cualquiera de esas opciones, la pequeña dragona perversa lo usaría como excusa para detenerse justo en el mejor momento y dejarlo colgado.
Pero el general León, curtido en mil batallas contra su esposa, no iba a caer tan fácil.
Así que optó por…
¡Seguirle el juego!
—Me encanta, esposa. Me fascina.
—Je… en ese caso, hasta aquí nomás por hoy~
Tal y como sospechaba. Apenas confirmó que lo tenía al borde, ella se retiró con una sonrisa. Puro coqueteo con toque de castigo.
Quería que él la buscara. Que la deseara más.
Pero León ya estaba preparado.
Justo cuando Roswitha intentaba incorporarse, sintió una leve presión sobre su trasero. Algo que le impedía levantarse.
Frunció el ceño.
—Quita tu mano… de encima de mí.
Dudó al decir “trasero”, así que lo disimuló con un “encima de mí”.
León soltó una risita:
—Pero si mi mano no está encima de ti, Su Majestad.
—Tú…
—¿Encima de dónde está entonces? Si no lo dices con exactitud, no pienso quitarla.
Roswitha, roja como un tomate, mordió su labio inferior.
Ya lo sabía. Este perro había vuelto a casa con todas las cartas listas. No iba a dejarse provocar tan fácil.
Lo que no esperaba… era que perdería la primera ronda tan pronto.
Maldita sea… ni los dragones están a salvo del karma.
—No sé de qué hablas. ¡Quita esa garra pervertida de una vez!
—Ay, pues yo tampoco entiendo qué dice Su Majestad. Si mi mano no está en ti, ¿por qué debería quitarla?
¿“Encima de ti” o “encima de tu trasero”? ¿Cuál es la diferencia?
¡Maldición!
Roswitha lo miró con cara de frustración, pero no quería soltar la toalla todavía.
León sonrió satisfecho y entonces…
¡PAF!
—¡Ahh!~
Una nalgada directa al trasero de la reina.
El mismo sonido de siempre. El mismo tacto de siempre.
Pero lo más importante era que…
¡Fue glorioso!
Roswitha, sentada sobre su abdomen, se estremeció. El rubor en su cara se intensificó, y con rabia le retorció el brazo.
León soltó un grito.
—¡Auch! ¡Eso dolió!
Pensó que así podría frenar a su esposo pervertido.
Pero entonces…
—¿Acaso Su Majestad no conoce el dicho: “paga al otro con su misma moneda”?
—¿Qué—¡AY, MI TRASERO!
Antes de que terminara de hablar, León le apretó una nalga con toda la cara dura del mundo.
Era la primera vez que hacía algo así.
Antes solo era una nalgada y ya.
Pero esta vez… la dragona había contraatacado. Así que él fue por todo.
Roswitha se tapó el trasero, aún con calor y molestia. Aunque no quería admitirlo, sabía que ya no podía seguir peleando.
Si no, su trasero no iba a sobrevivir.
—León… por favor… quita tu mano… de mi… de mi trasero. Gracias.
—Como ordene, Su Majestad.
Hermoso.
Simplemente hermoso.
No llevaba ni un día en casa y ya había logrado que Roswitha pusiera esa cara de frustración contenida. ¡Y fue maravilloso!
Después de esa gloriosa batalla por el trasero, no se les ocurrió ninguna nueva forma de pelear…
Así que empezaron a besarse.
Total, ya estaban casados. Y si no se les ocurría otra forma de molestar al otro, siempre podían besarse.
Y cuando volvieran a tener nuevas ideas absurdas, podían parar y reanudar la guerra.
A ojos de los demás, eran una pareja perfectamente enamorada.
En realidad… eran dos idiotas que se amaban y se peleaban con igual intensidad.
Tal y como prometieron al principio.
Sin perder la esencia.
—
Un rato después, Roswitha se incorporó con lentitud.
Bajo la luz del sol, sus labios aún tenían un leve brillo.
Con el pulgar, le acarició la mejilla a León. Tenía las mejillas sonrojadas, y la mirada… dulce y encantadora.
—Por ahora, con esto basta. Ya sabes, por la situación especial.
León asintió.
—Sí, lo entiendo.
—¿Pero de verdad quieres que terminemos aquí?
León sabía muy bien a qué se refería.
Había muchas formas de “cumplir con la tarea” sin necesidad del método tradicional.
Hasta ahora, siempre había sido ella quien tomaba la iniciativa.
Pero esta vez… León quería ser él quien diera el paso.
Roswitha arqueó una ceja, sorprendida por la actitud del perro.
Pero después de la sorpresa… sonrió con picardía.
—Travieso… eso va a tener un precio, ¿sabes?
Aun así, ya se estaba preparando.
—¿Y qué es lo que quieres…? —susurró León.
Roswitha se inclinó despacio, dejando que su cabellera plateada le hiciera cosquillas en la cara.
—Después de tanto tiempo separados… más te vale que no te emociones de más y termines en un suspiro, ¿entendido, mi pequeño leoncito?