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A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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75 Retroceso mágico
Cuando una pareja duerme en la misma cama, no hay secretos: Roswitha entendió de inmediato lo que León tenía en mente.
Quería infiltrarse en el examen y pasar desapercibido como uno más de los cosplayers de la “armadura negro-dorada”.
Solo así podría garantizar personalmente la seguridad de Noa durante la prueba.
—Hmm… suena medio ridículo, pero aunque el instituto lo descubra, dudo que nos digan algo. —Roswitha analizó con calma—. Al final, somos los padres directamente implicados en el incidente de Adam. Tenemos todo el derecho del mundo a actuar así.
Como siempre, ella fue quien evaluó con lógica pros y contras.
—Está bien. Te apoyo.
León suspiró con alivio al escucharla.
—Pensé que me lo ibas a prohibir.
Roswitha alzó una ceja, apoyando su mentón con una mano, y le sonrió con cariño.
—¿Y por qué pensaste eso?
—Porque incluso a mí me parece una idea bastante tonta. Pero… no tengo otra forma de proteger a Noa sin que se entere.
Los “papás sobreprotectores” siempre arrastraban cierto trauma.
Igual que cualquier padre que, con solo oír palabras como “rubio oxigenado” o “moto ruidosa”, ya se ponía en guardia.
Después de lo que pasó con Adam, León no iba a permitir que se repitiera algo así.
Y después de cinco años viviendo juntos, Roswitha entendía perfectamente cómo funcionaba su cabeza.
Como ella misma decía, una vez que una idea se le metía en la mente, no había forma de sacársela hasta que la llevara a cabo.
Además, ella también estaba preocupada por Noa.
Un padre sobreprotector puede tener traumas. Pero una madre que casi pierde a su hija en un atentado se vuelve aún más obsesiva con su seguridad.
Por eso esta pareja estaba tan bien hecha: tenían el mismo tipo de lógica torcida.
—Pero hay un problema —comentó Roswitha—. Puede que logremos colarnos entre los evaluadores, pero conseguir una armadura negra como la del instituto no va a ser nada fácil.
León se quedó quieto. Parpadeó. Luego extendió las manos, como si le dijera “mírame bien”.
Roswitha lo observó sin entender qué quería decir.
—¿Qué? ¿Tienes una idea para conseguir la armadura negra?
—Eh… ¿y si te dijera que este hombre que tienes enfrente… es la armadura negra?
Roswitha se quedó unos segundos en blanco. Y luego, como si de verdad se hubiera olvidado por completo, abrió mucho los ojos.
—¡Ah! ¡Es cierto! ¡Se me había pasado por completo!
León la abrazó y la atrajo hacia él, apoyándola en su pecho. Le dio unas palmaditas en la cabeza y suspiró con ternura:
—Eso de que “el embarazo deja tonta tres años” sí que es real… pobre de ti.
Roswitha le dio un golpecito en el brazo, fingiendo molestia. Trató de soltarse, pero al ver que no podía, simplemente se rindió y se dejó acurrucar.
Y bueno… tampoco estaba tan mal.
Roswitha se acomodó con gusto, apoyando la cabeza sobre las piernas de su esposo.
León bajó la mirada, y empezó a jugar suavemente con un mechón de su cabello, acariciando su suave y tersa mejilla con la yema de los dedos.
El momento era tranquilo. Perfecto.
Después de un rato, León dijo:
—Faltan unos días para el examen. Tenemos tiempo suficiente para prepararnos.
—Ajá. Entonces mañana podríamos…
Pero antes de que pudiera terminar la frase, un chillido de ave se oyó desde el patio trasero.
Ambos se miraron de inmediato y salieron al balcón a toda prisa.
Desde allí, vieron que en el área de entrenamiento del jardín, Noa ya estaba entrenando con los maniquíes de combate.
—Wow… qué motivada está mi niña —comentó León.
—Seguro es porque sabe que el examen se va a repetir y quiere estar lista.
Roswitha cruzó los brazos, sonriendo con orgullo. Luego miró a León de reojo, divertida:
—Después de todo, su gran objetivo es derrotar al de la armadura negra.
León le lanzó una mirada y chasqueó la lengua.
—Qué infantil.
—¿Y por qué es infantil querer ganarte?
—No hablo de Noa. Tú eres la infantil.
—¿Y eso por qué?
—Porque lo eres. Tienes más de doscientos años y sigues actuando como una niña.
—¡Ajá! ¡Me estás despreciando!
—…No dije eso.
—Sí que lo hiciste. Ya no me quieres. Seguro quieres divorciarte y hasta planeas maltratarme.
León: ¿…?
Mujeres embarazadas. Qué miedo.
—
Al día siguiente, León se puso ropa deportiva y bajó al área de entrenamiento.
Ya que su hija había vuelto a las prácticas, él también debía cumplir su rol como sparring personal.
Cuando llegó, Noa ya estaba haciendo calentamiento.
El menú matutino de la Reina del Esfuerzo consistía en:
100 carreras de ida y vuelta,
200 elevaciones de rodilla,
300 flexiones,
100 dominadas con un solo brazo.
Y si se sentía bien, hasta corría unas vueltas extra como postre.
Durante el calentamiento, no necesitaba compañero, así que su papá se sentó en el césped a observarla en silencio, con un almuerzo preparado a un lado.
Un rato después, Noa terminó sus ejercicios y corrió hacia él moviendo sus bracitos.
—¡Buenos días, papá!
Tenía la carita sudada y sonrosada, y respiraba algo agitada.
—Tómate un descanso, respira un poco y desayuna.
León le ofreció agua y una toalla mientras hablaba.
—Gracias.
Noa se limpió la cara con la toalla húmeda, y enseguida se sintió más fresca.
Después de eso, se sentó junto a su papá.
Ambos abrazaron sus rodillas y miraron el campo. Exactamente en la misma pose.
Hacía mucho que no entrenaban en casa.
En los últimos meses, Noa había estado preparándose en el instituto y León había viajado por el Imperio tras la pista de la Sombra.
Volver al jardín de entrenamiento familiar… les provocaba nostalgia.
—Papá.
—¿Sí?
—La técnica que me enseñaste, la del “Lobo de Trueno Rompedor”… creo que ya la tengo casi dominada.
—¿En serio? Eso es increíble. No pasó tanto tiempo y ya la controlas. A mí me costó mucho más cuando la aprendí.
Delante de su hija, el campeón se quitó la corona sin dudarlo.
Además, ya entendía perfectamente qué buscaba Noa con tanto esfuerzo.
Ella entrenaba con dedicación para conseguir el reconocimiento de su padre.
Y León, por supuesto, no iba a escatimar en halagos.
Noa sonrió feliz.
Un solo elogio matutino le bastaba para estar de buen humor todo el día.
Pero luego frunció el ceño.
León lo notó al instante.
—¿Qué pasa?
—Ah… nada grave. Solo que… creo que en combate real, no podría usar bien el Lobo de Trueno Rompedor.
—¿Por qué? ¿Te preocupa que el tiempo de carga sea largo y el enemigo te interrumpa?
—No es eso. Me cuesta explicarlo. Mejor te lo muestro.
—De acuerdo. Espera, primero desayuna.
—¡Sí, papá!
—
Después del desayuno, padre e hija volvieron al campo.
Se separaron unos metros. Noa empezó a concentrar magia de rayo en la palma.
Cuando estuvo lista, agitó la mano y disparó un enorme lobo eléctrico que corrió a toda velocidad por el campo.
León observó cada paso del proceso.
Todo fluido. Preciso. Impecable.
Una técnica perfecta.
Pero…
Justo cuando el lobo salió disparado, la onda de choque hizo que Noa retrocediera dos pasos. Su cuerpo tembló y apenas logró mantenerse en pie.
Noa respiró hondo, canceló la técnica y miró a su padre.
—Eso. Después de usar el Lobo de Trueno Rompedor, me cuesta estabilizarme. La energía me empuja hacia atrás.
León asintió con expresión seria.
Era fácil de entender.
—Esa técnica es de largo alcance. Requiere un impulso mágico muy fuerte para lanzarse, y ese mismo impulso actúa como retroceso sobre tu cuerpo.
Le dio una palmada en la cabeza y explicó:
—Tu cuerpo aún es joven. No tienes fuerza suficiente para absorber ese retroceso.
O en palabras de Rebecca:
“¿Por qué esta porquería de rifle francotirador tiene tanto retroceso?”
—¿Y hay alguna forma de arreglarlo?
León chasqueó la lengua, incómodo.
—Pues… no se me ocurre una solución práctica. Fue error mío no considerar eso antes de enseñártela.
—No importa, papá. Igual tarde o temprano la iba a aprender. Mejor enséñame otra técnica por ahora.
—¡Hecho! Aquí tengo un arsenal entero de técnicas listas para ti.