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A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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76 ¡Compa, tu armadura no le llega a la mía!
Unos días después, se acercaba de nuevo el examen de ascenso, y León y Roswitha acompañaron a Noa de regreso al Instituto Saint Hiss.
Pero como Roswitha estaba embarazada, no podía volar largas distancias en forma de dragón, así que fue Sherry, la capitana de la guardia, quien se encargó de acompañarlos.
Después de varias horas de vuelo, llegaron a la puerta del instituto.
Justo era hora de salida, así que Noa no se fue directo a su clase, sino que caminó hasta el patio del área de dragones pequeños, buscando algo… o más bien a alguien.
Al poco rato, entre todos los dragoncitos, vio a sus hermanitas. Alzó la mano y las llamó con alegría:
—¡Moon! ¡Lucecita!
Las dos pequeñas estaban persiguiendo libélulas en el patio.
Moon decía que debían saber ricas asadas: crujientes y sabrosas.
Lucecita decía que los dragones eran nobles y no podían comer libélulas.
Moon se lo pensó un momento y, muy seria, respondió:
—Pero si las cocino, ya no son libélulas… son comida.
Lucecita no supo qué contestar, así que terminó acompañándola a cazar “postres voladores” en el recreo.
En cuanto escuchó la voz de su hermana, el mechón rebelde de Moon se irguió como radar. Ubicó con precisión el origen de la voz:
—¡Es la hermana! ¡Hermana~!
Nada huele mejor que su hermana.
La pequeña lunita salió disparada y se lanzó directo a sus brazos.
—¿Estos días estuviste fuera por los exámenes? ¡Moon no te vio nada, te extrañé mucho!
Se colgó del brazo de Noa y restregó su carita suave contra ella.
Para no alarmar a los estudiantes más pequeños, el instituto había ocultado lo que pasó en el Bosque de la Luna del Terror. Por eso Moon no sabía que Noa había estado hospitalizada.
Y menos mal que sanó rápido. Si las peques llegaban el fin de semana y se la encontraban en casa, iban a preguntar hasta saber toda la historia.
—Sí… estuve ocupada, no tuve tiempo de salir a jugar —dijo Noa, acariciándole la cabeza a su hermana—. ¡Ah, por cierto! Mamá y papá también vinieron. Están allá.
—¿En serio? ¡Qué bien! —Los ojitos de Moon brillaron como estrellas.
Roswitha y León, que habían estado observando desde un rincón, saludaron a Moon con una mano.
La dragoncita movió la cola emocionada y salió corriendo hacia ellos.
Pero justo cuando Noa pensaba que ya había terminado de lidiar con eso, un mechón rosado apareció en su campo de visión.
Noa se congeló.
Oh no… se olvidó de esta.
Y esta no era tan fácil de engañar.
—Lucecita… tú, ¿por qué no estás con—?
—¿Ya sanaste, hermana?
El corazón de Noa dio un vuelco, pero intentó mantener la cara.
—¿Sanar de qué? Yo no estaba herida…
No quería que sus hermanitas supieran lo que pasó con Helena en el bosque.
Igual que su padre, Noa solo contaba lo bueno. Ella era la hermana mayor, tenía que protegerlas, no preocuparlas.
Además, Helena le escribió que el instituto había sellado toda la información. Eso la tranquilizó.
Pero esa pregunta de Lucecita, tan directa… la dejó sin palabras.
—No te hagas, hermana. Mi red de información cubre todos los rincones del instituto. No es tan difícil enterarse de los chismes~ —le susurró la pelirrosa, acercándose con confianza.
Sabía perfectamente que esa información era delicada y que no debía andar gritándola.
—¿Tú te enteras de eso? —se sorprendió Noa.
—¡Obvio! Hasta sé el día exacto en que empiezan las vacaciones del semestre.
Siempre hay alguien en el colegio que se entera de todo. Desde filtraciones de exámenes hasta escándalos secretos.
Lucecita era una de esas personas.
Pero a diferencia de otros que lo hacían por interés o por figurar, ella tenía un motivo distinto:
—Lo hago solo porque me gusta el salseo. Lo de enterarme de cosas útiles fue… un accidente.
—…Eso encaja perfectamente con la imagen que tengo de ti, mocosa.
Noa le pellizcó la mejilla con cariño, suspirando.
—Pero no le digas nada a Moon, ¿sí? No quiero que se preocupe.
—Tranqui, no lo haré, hermana~
Una de las razones por las que nadie odiaba a esta pequeña buscadora de caos era porque tenía muy alto el sentido común.
Sabía qué decir, cuándo decirlo y a quién decirlo.
Por ejemplo, aunque creía que comer libélulas era de bajo nivel para un dragón, igual acompañaba a su hermana a atraparlas.
En ese sentido, se parecía mucho a León y Roswitha: no eran de hablar mucho, pero siempre actuaban pensando en los demás.
—Entonces, ¿ya estás bien?
—Sí, ya sané.
Lucecita asintió con satisfacción:
—¡Eso me gusta! ¡Eres mi hermana mayor, enfrentaste a tres Reyes Dragón y saliste caminando!
—Bah, no exageres —Noa rió.
Mientras las dos hablaban, León llegó con Moon en brazos y Roswitha a su lado.
—¡Mamá, papá!
Ya tranquila por la salud de su hermana, Lucecita se arrojó a los brazos de su madre.
Roswitha se inclinó un poco y la abrazó, frotándole la mejilla con ternura:
—¿Extrañaste a mamá?
—¡Sí~!
Chuac.
Lucecita le dio un beso en la mejilla, y luego miró a León:
—¿Y tú cuándo volviste, papá?
En estos meses, León había estado persiguiendo a Sombra por el Imperio. Roswitha les había dicho a las niñas que estaba en una misión secreta con los Reyes Dragón.
Por eso preguntaba.
Aunque Lucecita se había enterado de lo del bosque gracias a su red de chismes, los detalles exactos eran imposibles de conseguir.
¿Por qué papá estaba en el bosque justo cuando su hermana estaba en peligro?
Eso no lo podía averiguar. Pero igual preguntó, sin muchas expectativas.
—Regresé hace poco. ¿Por qué, me extrañaste?
—¡Sí!
—¿Y extrañaste más a papá o a mamá?
Padre… llevas preguntándome eso desde que estaba en la panza.
Lucecita suspiró, pero respondió con el manual en mano:
—¡A los dos por igual!
Qué agotador era tener un papá tan competitivo.
Menos mal que mamá era distinta—
—Yo tengo un besito de Lucecita más que tú. Gané.
—¿Y eso qué?
Lucecita: …
Ya está. Me voy a vivir con la tía Isa.
—
Después de un rato, sonó el timbre para volver a clase.
Moon y Lucecita se tomaron de la mano y volvieron a su aula.
Noa también debía regresar a su clase para prepararse para el examen de ascenso.
Los dragoncitos del patio se dispersaron, dejando a la pareja sola.
—Tú y Sherry pueden ir a dar una vuelta por ahí —dijo León—. Yo voy a alistarme para infiltrarme.
—Está bien. Pero si hay algún problema, no fuerces las cosas. No queremos malos entendidos.
León asintió y saludó con la mano:
—Nos vemos a mediodía en la entrada.
—Te espero —respondió Roswitha, devolviendo el gesto.
Mientras lo veía alejarse, la reina sonrió con dulzura.
—Este tonto sí que se mete en líos…
Un tonto que hace locuras;
Un tonto que ella ama.
Todo en orden.
—
El examen de ascenso del área de dragones pequeños estaba por comenzar.
En el enorme pabellón de entrenamiento, los estudiantes aún no ingresaban, pero ya había decenas de “armaduras negras” listas para el combate.
—No pensé que usaríamos el método antiguo otra vez —comentó el subdirector Wilson desde las gradas.
—Hay que mantenerlo en secreto —suspiró—. Si se filtra, podría afectar las relaciones de paz entre las dos razas.
—Tranquilo, no pasará nada —respondió el director Olette con una sonrisa.
Wilson observó a los guerreros de armadura negra debajo, entrecerrando los ojos con nostalgia.
—Hace muchos años, incluso yo le tenía miedo a esa armadura… pero hace mucho que no sabemos nada de él.
—Quizá murió en algún campo de batalla —opinó Olette.
—¿Mmm? No lo creo. Alguien tan fuerte no muere tan fácil.
—O tal vez… —sonrió Olette— se casó, tuvo hijos y ahora vive feliz en el campo, retirado.
—Eso sí suena posible —asintió Wilson.
Mientras los directivos hablaban, abajo los “cosplayers” de armadura negra también conversaban entre ellos.
—Qué raro volver a usar este disfraz… da nostalgia.
—¿Nostalgia? ¿De cuando te rompieron la cola con un Rayo Explosivo?
—¡Cállate!
—Hace años que no veo a alguien usar magia de rayo como él… ni he vuelto a toparme con alguien de su nivel.
—Oye, ya estás melancólico. ¡Anímate! Al menos la guerra entre razas se acabó.
—Tienes razón. Oye, ¿qué número te tocó esta vez?
—3365. ¿Y tú?
—3456, mira qué bonito, en escalera.
—Tsk~~
—
—Oye, compa, tu armadura está nuevecita, ¿eh? ¡Qué buen mantenimiento le das!
Silencio.
—Uy, ¿estás en modo serio? Relájate, bro. Solo vamos a hacer unas cuantas peleas de mentira con los peques, y ya.
—Ajá.
—¿Cuál es tu número?
El “armadura brillante” miró su pecho y murmuró con voz baja:
—9527.
—Feíto tu número, ¿eh?
9527 se encogió de hombros. Le daba igual.
—¡Oye, compa!
Un maestro dragón se acercó con acento algo marcado y le dio un par de golpecitos en el pecho.
¡Clink clink! Se notaba que era buena armadura.
León —dentro de la armadura— se tensó. Dio medio paso atrás, nervioso.
¿Acaso ya lo habían descubierto…?
—¡Compa! ¡Tu armadura…!
¡Maldición, maldición, maldición…!
—¡Tu armadura… no le llega a la mía!