Capítulo 49
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 49 — Invencible
Gracias al Sello de las Siete Estrellas colocado de antemano en el cadáver de Sombra, el Ojo Demoniaco no tenía esta vez escapatoria posible.
Al final, Claudia lo extrajo del cuerpo sin mayor dificultad y lo selló en un recipiente del mismo material que el utilizado para almacenar los fragmentos de la espada maldita.
Mirando al Ojo Demoniaco rebotar de un lado a otro dentro del tarro transparente sin ningún resultado, Leon se inclinó levemente y dio unos golpecitos en el cristal con los nudillos:
—Deja de malgastar energías. Mejor aprovecha este momento para pensar cómo vas a contarnos todo lo que queremos saber.
Anteriormente, Poseidón había mencionado que durante la posesión había llegado a vislumbrar fragmentos de los recuerdos del Ojo Demoniaco, entre ellos el momento en que Atos lo derrotó y lo selló dentro del globo ocular.
Leon quería saber exactamente qué tipo de magia había utilizado Atos para lograrlo.
Una vez que comprendieran el origen de esa magia, podrían emplear el mismo método contra él.
El Ojo Demoniaco, naturalmente, entendió lo que Leon insinuaba. Sabía perfectamente que al poseer a alguien existía la posibilidad de que el poseído pudiera entrever sus propios recuerdos.
Sin embargo, la mirada que devolvió a Leon fue acompañada tan solo de una sonrisa fría:
—¿Qué ingenuos sois los de Samaël. ¿Por qué razón iba yo a cooperar con vosotros?
Leon se irguió, cruzó los brazos y se encogió de hombros:
—Tú también quieres vengarte de Atos, ¿no? Resulta que nosotros también necesitamos deshacernos de esa amenaza. Nuestros objetivos coinciden.
—Je… ¿El enemigo de mi enemigo es mi amigo? No me tomes el pelo.
El Ojo Demoniaco habló con calma:
—Si coopero con vosotros y ayudo a derrotar a Atos, el siguiente en caer seré yo.
Ese maldito globo ocular no era tan tonto como parecía.
Y en cierta medida tenía razón: no todos los casos podían resolverse con la teoría del «el enemigo de mi enemigo es mi amigo».
Para Leon y los suyos, Atos tenía que morir.
Y el Ojo Demoniaco… también tenía que morir.
Esas amenazas provenientes de otro mundo no podían bajo ninguna circunstancia pisar vivas el continente de Samaël.
—Ya que sabes que no puedes escapar a tu destino…
Rosewise dio un paso al frente y habló con voz fría:
—¿Por qué no aprovechar lo que te queda de vida para vengarte de quien te arrebató tu posición y tu poder?
El enemigo del enemigo no tiene por qué ser un amigo, pero en el fondo sigue siendo un «enemigo».
Tanto Atos como el Ojo Demoniaco eran una amenaza que Samaël debía erradicar; sin embargo, entre ellos también existía una enemistad irreconciliable.
Rosewise le estaba ofreciendo al Ojo Demoniaco una perspectiva diferente.
Tenía la sensación de que aquella cosa guardaba un rencor descomunal, y que, por mucho que tuviera cierta agudeza mental, esta era bastante limitada.
Esas dos frases no hacían más que avivar el fuego en una relación que ya de por sí ardía de odio entre el Ojo Demoniaco y Atos.
Leon se acercó sigilosamente a la Reina y bajó la voz:
—Querida, cada vez se te da mejor provocar a la gente.
Rosewise le dio un suave codazo en el hombro y le lanzó una mirada de fingido reproche acompañada de una sonrisa:
—Anda ya.
Aunque el propósito de la provocación era evidente, el Ojo Demoniaco no pudo evitar reflexionar seriamente sobre las palabras de Rosewise.
Resultaba que Rosewise había dado exactamente en el clavo con su análisis: el Ojo Demoniaco albergaba un deseo de venganza extraordinariamente profundo.
Al principio, cuando Leon le propuso aliarse para enfrentarse a Atos, era imposible que aceptara.
Pero plantear la cuestión como «ayudarte a vengarte de Atos» era otra cosa, aunque el objetivo final fuera idéntico y el destino del Ojo Demoniaco siguiera siendo la muerte. Era necesario que alguien lo enmarcara así, de lo contrario, el Ojo Demoniaco nunca habría considerado esa posibilidad con tanta seriedad.
Sin embargo, justo cuando todos esperaban que la actitud del Ojo Demoniaco comenzara a ablandarse, su respuesta los sorprendió:
—No. Es imposible, gente de Samaël.
Leon arqueó una ceja:
—¿Cómo? ¿Ni siquiera queriendo morir en otro mundo deseas sembrar antes la semilla de tu venganza?
El Ojo Demoniaco retrocedió en silencio hasta apoyarse en el lado opuesto del recipiente sellado, y su cuerpo entero se desinfló por completo.
Los hilos rojos que un momento antes llenaban de furia el blanco del ojo habían perdido todo su brillo.
Tras un largo silencio, el Ojo Demoniaco habló con voz apagada:
—Si no voy a ayudaros no es porque no desee vengarme de Atos, sino porque…
Leon, Rosewise y Claudia contuvieron el aliento al unísono y prestaron atención.
—Sino porque… aunque conozcáis el método, no seréis capaces de derrotar a Atos de ninguna manera.
El Ojo Demoniaco cerró lentamente sus párpados oscuros y arrugados, como si hubiera hecho las paces con su destino de manera definitiva:
—Él es… ese tipo de monstruo al que es imposible vencer.
A la mañana siguiente, muy temprano, Leon y los suyos se prepararon para regresar a la Academia Saint-Hiss.
—Capitán, cuñada, ¿de verdad no os quedáis unos días más?
Antes de partir, Rebecca, Martin y Nacho se acercaron a despedirlos.
—No podemos, Rebecca.
Rosewise respondió:
—Cuando volvamos, la veterana Claudia y los demás necesitarán mucho tiempo para estudiar al Ojo Demoniaco, y tu capitán y yo tenemos que seguir buscando pistas sobre el último dios primordial.
Rebecca tenía las manos metidas en los bolsillos del abrigo. Con la cabeza gacha, le dio una patadita a una piedra del suelo y murmuró:
—Está bien. Tened cuidado en el camino de vuelta.
Rosewise la observó un momento, dudó brevemente y la llamó con voz suave:
—Rebecca.
La chiquilla levantó la vista y vio que Rosewise le hacía señas con la mano.
El rostro abatido se iluminó al instante con una sonrisa, y Rebecca trotó hacia ella.
Rosewise aprovechó el impulso para estrecharla entre sus brazos, suaves y cálidos:
—Cuando tengamos tiempo libre volveremos a verte. Y traeremos a Noa y a las demás, ¿te parece bien?
El abrazo de la cuñada seguía oliendo igual de bien y siendo igual de reconfortante. Rebecca, que por dentro moría de envidia por todo lo que el capitán disfrutaba a diario, asintió con satisfacción:
—De acuerdo.
Rosewise sonrió con ternura:
—Entonces quedamos así.
Mientras Rosewise consolaba a Rebecca, Leon se acercó a Martin y a Nacho y les habló con seriedad:
—La Hermandad del Corazón de León y el Imperio seguirán en vuestras manos. Si no tenéis suficiente gente, llamo a mi maestro para que venga a echar una mano.
Martin asintió con la cabeza:
—Tranquilo, capitán. Nosotros nos encargamos de todo aquí. Tú puedes concentrarte sin preocupaciones en resolver ese problema mayor que tienes entre manos.
Leon sonrió y le dio una palmada en el hombro:
—Has madurado mucho, chico. Antes no eras tan capaz de cargar con estas responsabilidades.
Martin se rascó la cabeza:
—Uno siempre acaba creciendo.
Leon miró entonces a Nacho:
—Ha sido un esfuerzo. Sigue adelante.
El veterano Nacho no era de los que se ponían sentimentales ni se deshacía en palabras con Leon. Su estilo de siempre había sido el de «mucho trabajo, pocas palabras».
—Entendido —respondió Nacho con voz grave.
Una vez que hubo dado todas las indicaciones, Claudia se acercó y preguntó:
—Las piedras de comunicación y registro que traje, ¿ya habéis aprendido a usarlas todas?
—Sí, gracias, veterana Claudia.
Rebecca dijo:
—Son mucho más prácticas que las de antes.
—Bien. A partir de ahora, si surge cualquier imprevisto, contactad directamente a Leon y a los demás a través de las piedras.
Claudia no tenía demasiada confianza con la gente del Imperio, así que se limitó a unas pocas palabras sin mayor ceremonia.
Tras dar las últimas instrucciones, la bella de cabello azul se giró, se transformó en dragón y se elevó hacia el cielo.
Rosewise también se despidió de Rebecca con un gesto de la mano, desplegó las alas y se transformó en un imponente dragón de escamas plateadas.
—Buen viaje, cuñada. Buen viaje, capitán.
El gran dragón inclinó levemente la cabeza en señal de respuesta.
Leon, por su parte, juntó el índice y el corazón y los deslizó suavemente por la frente en un gesto de despedida:
—Cuídaos, todos.
Dicho eso, Leon se giró y de un salto subió al lomo del dragón plateado.
El dragón batió las alas y ascendió lentamente hacia el cielo, para luego alejarse volando en dirección al horizonte.
Solo cuando las dos siluetas dracónicas desaparecieron a lo lejos, Rebecca bajó la vista hacia la piedra de comunicación que sostenía en la mano.
El símbolo grabado en ella era el de dos pistolas cruzadas.
Rebecca guardó la piedra, respiró hondo y se giró. Con cada brazo echó hacia sí los hombros de Martin y de Nacho.
Dado que era más baja que los dos, el gesto hizo que sus pies se despegaran levemente del suelo.
—Vaya par de estacas. Con lo tiesos que estáis, id llevándome a cuestas hasta la puerta de la ciudad.
Lo que Rebecca quería decir era una broma sobre el hecho de que ninguno de los dos se había agachado para ponérselo fácil.
Pero lo que no esperaba es que esos dos no se doblaran ni un centímetro y la arrastraran tiesa hacia la entrada de la ciudad imperial como si nada.
—¡¿Cuándo voy a vivir en un mundo donde haya menos tíos literales?!
Notas del traductor:
- Piedras de comunicación y registro (通讯留影石): artefactos mágicos que funcionan como dispositivos de comunicación a distancia, similares a un teléfono o walkie-talkie mágico.
- Samaël (萨麦尔): nombre del continente o mundo donde transcurre la historia.
- «Tíos literales» / «直男» (zhí nán): literalmente «hombre recto», expresión coloquial china para referirse a hombres que interpretan todo al pie de la letra sin captar el subtexto o el humor. El chiste final de Rebecca juega con ese doble sentido.