Capítulo 57
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 57 — Imposible que no me ames
Leon abrió los ojos despacio. Lo primero que vio fue una enorme puerta de ciudad.
Llovía a cántaros. Leon estaba solo en mitad de aquel aguacero, contemplando la puerta desde abajo.
Le resultaba demasiado familiar:
—¿El Imperio?… ¿Cómo he llegado aquí? Yo no estaba…
¿Qué era lo que estaba haciendo?
¿Qué estaba haciendo antes de aparecer ante las puertas del Imperio?
Leon no lograba recordarlo.
A través de la cortina de lluvia, todo lo que lo rodeaba parecía irreal y difuso, pero la lluvia golpeándole el cuerpo se sentía completamente real.
Mientras Leon miraba a su alrededor desconcertado, las grandes puertas del Imperio se abrieron lentamente y de ellas salió una comitiva.
Pasaron despacio frente a él. Leon intentó hablarles, pero ninguno le respondió.
Justo cuando se disponía a acercarse a insistir, el último carruaje se aproximó lentamente hacia él.
Su mirada se posó en la plataforma trasera del carruaje.
Porque en esa plataforma había varios cuerpos tumbados.
Un cabello de color turquesa caía hacia afuera, empapado de lluvia, junto a la piel mortalmente pálida de una joven, expuesta a la tormenta.
A su lado, un joven chico, inmóvil.
Y un hombre de mediana edad con el rostro cubierto de sangre. Aunque la cara era apenas visible entre tanto rojo, Leon podía reconocerle de todos modos.
—Rebecca… Martin, Nacho, vosotros…
Cuando el carruaje estuvo lo bastante cerca, Leon comprendió que eran tres cadáveres rígidos.
En ese instante, un entumecimiento mezclado con pánico le recorrió el cuerpo entero.
Se quedó inmóvil, mirando a sus compañeros de antaño tendidos en aquella plataforma destrozada, sin vida.
¡Boom!
Un trueno estalló. Cuando el destello cegador de rayo se apagó, aquellos tres cadáveres se erguían de forma sobrenatural frente a él.
—Hemos muerto. Todos nosotros hemos muerto, capitán. Porque no pudiste protegernos.
—¿No eras el mejor cazador de dragones del mundo? ¿Cómo es posible que no hayas podido proteger a tus propios compañeros?
—Tú, en el fondo, nunca me consideraste realmente uno de los tuyos, ¿verdad? Para ti siempre fui una pieza prescindible, precisamente porque en otro tiempo fuimos enemigos.
—¡Capitán! ¡Leon Kasmord! ¡Maldito fanfarrón!
—Te esperaremos en el infierno, Kasmord.
—…
Las acusaciones y los insultos de los muertos resonaban en los oídos de Leon. Aquella presión era como una montaña aplastándole el pecho hasta dejarle sin aliento.
Retrocedió instintivamente, musitando en voz baja:
—No… no es así…
¡Boom!
Otro trueno. Los cadáveres cayeron de golpe de vuelta a la plataforma, como si aquella escena perturbadora nunca hubiera ocurrido.
Leon se quedó en el lugar hasta que los ánimos se calmaron un poco, luego retomó el paso llamando a Rebecca y a los demás.
Pero resbaló y cayó de bruces.
En el instante en que se desplomó en el charco, su consciencia se precipitó de golpe y pasó de aquella noche de lluvia torrencial a una mañana soleada.
Sentado en el suelo, aturdido, miró a su alrededor:
—¿Ahora dónde estoy?
Se encontraba en un patio. En él había toda clase de instalaciones para niños: toboganes, camas elásticas.
El escenario le resultaba igualmente conocido. Leon lo identificó enseguida:
—El orfanato Kasmord.
—¡Sharon, cuidado!
—¡Ah!
El grito de una chica captó su atención.
Buscó el origen del sonido.
Un perro negro y agresivo enseñaba los colmillos y había acorralado a una niña pequeña en un rincón.
—Sharon…
Era su mejor compañera de juegos de la infancia. Y recordaba ese momento para siempre: aquella mañana estaba a punto de ser adoptado por una pareja, pero la imagen de él defendiendo a Sharon y apaleando al perro fue lo que esa pareja vio, y eso cambió su destino para siempre.
Ahora que volvía a vivir la misma situación, su elección sería la misma.
Leon echó a correr hacia Sharon gritando:
—¡Apártate de ella!
Pero el perro, a diferencia de como lo recordaba, ignoró por completo su grito y se abalanzó directamente sobre la frágil niña en el rincón.
—¡No, por favor! ¡Ah!
Al instante siguiente, unos colmillos amarillentos se clavaron en el antebrazo de Sharon y la sangre no dejó de manar.
Aquella imagen tan brutal hizo que todos los presentes apartaran la mirada.
Leon sintió un nudo en el pecho. Esto no era como lo recordaba…
Pero no había tiempo para reflexionar. Se lanzó junto al perro y aferró sus mandíbulas con ambas manos, intentando abrirlas para que Sharon pudiera huir.
Pero por mucho que forcejara, el maldito perro no soltaba.
La sangre de Sharon seguía fluyendo, y Leon podía incluso escuchar el crujido de los colmillos penetrando el hueso.
—Por favor… para… me duele mucho… me estoy muriendo de dolor… déjame morir, me duele demasiado…
Sharon lloraba de rodillas, y el dolor y el miedo habían acabado con cualquier voluntad de sobrevivir.
—¡No te rindas, Sharon! ¡Voy a salvarte, te lo juro!
—Me estoy muriendo de dolor… que me muerda hasta matarme… me duele tanto…
La desesperación opresiva lo envolvía todo, y los sollozos de Sharon se iban apagando.
Cuando al fin Leon logró abrir las mandíbulas del perro y se volvió hacia Sharon, la pobre niña ya no respiraba.
Se quedó paralizado, con las pupilas vaciándose poco a poco:
—Sharon… ¿cómo ha podido pasar esto?… ¿Cómo ha podido pasar…?
Al mismo tiempo, un anciano de cabello blanco cruzó la puerta trasera del patio.
Le echó un vistazo al interior, vio a la niña mordida hasta la muerte por el perro, sacudió la cabeza con un suspiro:
—Pobrecilla…
Y se marchó.
—¡Ese niño es un monstruo! Vámonos, no lo adoptamos.
—¡Leon! ¿Por qué no dejaste que los adultos se ocuparan de esto? Por querer hacerte el héroe has matado a Sharon.
—Todo es culpa tuya, Leon. Sharon ha muerto. ¡Murió de dolor!
—…
De nuevo los reproches y los insultos.
Leon estaba de rodillas en el suelo, con los diez dedos hundidos en su propio cabello:
—No fue así… no fue así… quería salvarla, quería salvarla…
—¿A quién quieres salvar, Leon?
Una voz ronca resonó en el espacio.
Leon levantó la cabeza bruscamente y el escenario cambió una vez más.
Esta vez era la Ciudad Flotante envuelta en oscuridad.
Y frente a él estaba el que en su día se hizo llamar falso dios.
—Sombra…
Sombra pisaba la cabeza dracónica de Odín, sujetaba a Noa por el cuello de la ropa con la mano izquierda y estrangulaba a Melweis con la derecha. A su alrededor yacían los cadáveres de Constantino y los demás.
—¿A quién quieres salvar, Leon?
Sombra volvió a preguntar:
—¿Ahora?
Levantó a Noa, gravemente herida e inconsciente, y aumentó la presión de la otra mano sobre Melweis, cuyo cuerpo se estremeció:
—¿O en el futuro?
Las pupilas de Leon temblaron:
—¿Qué… qué quieres decir?
—¿No lo entiendes? Lo diré más sencillo.
Sombra habló despacio:
—Mataré a una de las dos. Y tú… tienes que elegir cuál.
—No… no lo hagas… ¡Si te atreves a tocarles un pelo, te mato!
—Oh, respuesta incorrecta. Entonces… las mato a las dos.
Leon condensó el Chidori en la mano y se lanzó contra Sombra arrastrando su cuerpo destrozado.
Al mismo tiempo, Sombra desencadenó una oleada de poder mágico explosivo.
La detonación mágica, con Sombra como epicentro, se expandió hacia todas direcciones a una velocidad brutal y destruyó todo en un instante.
Gota. Gota.
El mundo cambió de nuevo.
Esta vez era oscuridad absoluta y una opresión sin fin.
Leon estaba de rodillas sobre una superficie de agua, jadeando, aplastado por la desesperación hasta casi no poder respirar. Las lágrimas y el sudor se mezclaban y caían gota a gota sobre el agua.
—Rebecca… Sharon… Noa… lo siento, lo siento tanto…
No sabía lo que le estaba ocurriendo. En lo más profundo de su consciencia algo le decía que todo eso era imposible, que no podía ser real. Y sin embargo, cada vez que aquellas escenas brutales se desarrollaban ante sus ojos, no podía evitar creerlas.
Era como una pesadilla de la que no podía despertar, como cuchillos clavándose uno a uno en el lugar más frágil de su corazón.
Pero… Leon sentía que faltaba algo.
O más bien, que faltaba alguien.
En aquellas tres pesadillas había perdido una tras otra a las personas más queridas de su vida.
Pero la más importante de todas no había aparecido.
¿Quién sería…? ¿Quién sería…?
—Leon.
Una voz clara y fría rompió el silencio.
Leon se estremeció y levantó la cabeza muy despacio.
Un destello plateado entró en su campo de visión, y aquella belleza familiar le trajo al instante los recuerdos más profundos de su consciencia.
Estaba muy cerca, y sin embargo parecía imposible alcanzarla.
Leon extendió la mano suplicando su abrazo, pero no conseguía tocarla.
—¿Por qué… cómo es que tú también…?
—Has fallado, Leon. No has podido proteger a nadie.
—No es así… He hecho todo lo que podía. ¡Tienes que creerme!
—¿Cómo voy a creerte? Los hechos hablan por sí solos. Todos han muerto. Has traicionado tu propio juramento.
Su voz no tenía ni una pizca de emoción, como si estuviera juzgando a un completo desconocido.
Y con aquellas palabras frías, la última llama de esperanza que le quedaba a Leon en el corazón se fue apagando poco a poco.
Bajó los brazos sin fuerzas y su cuerpo fue hundiéndose centímetro a centímetro en el agua.
La oscuridad lo estaba devorando lentamente, y él no tenía ningún deseo de resistir.
Quizás… lo mejor era dejarse hundir hasta el fondo.
—Además, Leon…
La oscuridad y la podredumbre habían cubierto ya el rostro de Leon por completo. Solo le quedaban los ojos al descubierto cuando escuchó con claridad las últimas palabras:
—No te amo.
No te amo.
Aquellas palabras detonaron algo en lo más profundo de su alma.
En el instante justo antes de que la oscuridad y la corrupción lo engullesen por completo, un destello deslumbrante de rayo brotó de entre las tinieblas e iluminó todo.
El hombre que un momento antes había sido aplastado por la desesperación volvía a estar en pie.
Truenos salvajes y furiosos rugieron a su alrededor, golpeando una y otra vez los muros de la oscuridad.
Las grietas se propagaron a toda velocidad y todo el espacio se tambaleó a punto de colapsar.
Leon permanecía de pie, mirando en silencio la ilusión que tenía frente a él:
—Tú no eres ella. Y lo más importante es…
De golpe, extendió la mano con los cinco dedos curvados como garras y los cerró con fuerza sobre el vacío.
¡Boom!
El espacio de ilusión oscuro se hizo añicos al instante, y en la mano de Leon quedó apretado, exactamente, el cuello de aquella mujer.
En ese momento, por el otro lado se acercó la bella de cabello plateado, con la llama dracónica ardiendo y bailando en su mano.
Por la expresión levemente cansada pero firme en su rostro, también ella acababa de romper la magia de ilusión.
Rosewise caminó despacio hasta el lado de Leon, y los dos esposos miraron juntos a la mujer que tenían frente a ellos.
—Lo más importante es…
—Mi esposa / mi esposo no puede dejar de amarme.